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  • El albergue de las mujeres tristes, 1997

    Marcela Serrano

    Chile

    ¿Por qué la elección?

    Como respuesta a la corriente discursiva que, a finales del siglo XX, consideraba la globalización y el triunfo del neoliberalismo como señales inequívocas del “fin de la historia” –donde todo, incluidos los vínculos afectivos, terminaría rigiéndose por la economía de mercado–, la chilena Marcela Serrano (1951) compone un acto de discreta y urgente resistencia en su novela El albergue de las mujeres tristes. Justamente, a ese supuesto fin de la historia la autora contrapone la figura de una historiadora, Floreana, mujer con nombre de isla que, huyendo de la capital y su crecimiento desbordado, atravesando un duelo y una ruptura amorosa, preguntándose por la memoria, la pertenencia y el significado de la “patria”, emprende un viaje hacia otra isla en la Patagonia, buscando solaz en el mencionado albergue y encontrando, en cambio, un inesperado vínculo con dos hombres con quienes resulta imposible cualquier tipo de idealización romántica.

    El Albergue acoge a las víctimas de lo que su fundadora considera como el “mal femenino” de fin de siglo: el miedo de los hombres hacia las mujeres que alcanzan su autonomía. En una sociedad donde las relaciones afectivas reproducen las transacciones del modelo económico, y donde las mujeres de las capas medias y altas ocupan cada vez más espacios de relevancia pública, los viejos códigos del amor romántico se han tornado caducos e insuficientes, llevando a la paradoja de que una necesaria autosuficiencia parece condenar a todo el mundo a la insatisfacción.

    Consciente de ello, Floreana se autoimpone la castidad y con dicho objetivo llega al Albergue –que hace eco de Virginia Woolf al brindar una “habitación propia” para el recogimiento, sumado a una intensa intimidad con otras mujeres–. Sin embargo, la alternativa de una digna soledad femenina se desluce ante el abrigo libre y cuidadoso del médico del pueblo y su sobrino homosexual, quienes por fin ofrecen a Floreana una patria propia que nada tiene que ver con el voraz monstruo de la capital.

    Ficha técnica

    “Una cosa que he ido comprobando desde hace un par de años y que aquí se me hace evidente, Emilia, es la honestidad entre las mujeres. Cuando se juntan, ninguna acalla verdades, ninguna disimula ni fanfarronea. Me sorprenden las versiones –un poco lapidarias– que cada una da sobre sí misma. Cuando cuentan sus historias, no están solamente contándolas, están sintiéndolas otra vez. Como si fuera una nueva forma de enfrentarse, la única que augurara la paz y los brazos abiertos de la otra.”

    […]

    “El problema del amor, Floreana –con todos los lugares comunes que trae consigo–, es que es casi inseparable de la vida misma. Entonces, cómo resistirse al juego de conocerse, de tocarse el alma, de añadir el cuerpo como peligroso contrabando, de adivinar al otro, de adecuarse, de creerle… o mejor seamos sinceras: de creerse uno en el otro. Ese es el pavor. Nadie quiere una gota de riesgo ni dolor. Es el signo de los tiempos. ¡Que nada nos toque!”

    […]

    “Es que ella sabía que para el encierro de la creación no las tenía todas a su favor. Se lo decía a Emilia (siempre Emilia su receptáculo): cuando seas una pintora de verdad recuerda que la diferencia entre una mujer y un hombre frente a la producción creativa es la siguiente: siempre existe una mujer que cierra la puerta con llave para que el genio masculino se exprese; lo aísla del mundo, le resuelve todo para que se mantenga concentrado e inmaculado, lo desembaraza de la gente y de las odiosidades cotidianas y se hace cargo del exterior para que el interior esté iluminado solo de sí mismo. A una mujer, Emilia, nadie le hace el favor de cerrarle la puerta. Si es madre, tampoco se la cerrará ella misma.”

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