Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo, 2019
Elif Shafak
Turquía
¿Por qué la elección?
Pocas ciudades en el mundo condensan de forma tan visible la compleja relación entre Oriente y Occidente —con todas sus mezclas, sus mutuas apropiaciones y sus insondables distancias— como Estambul: allí donde Europa y Asia se unen por el Bósforo, las tradiciones del antiguo imperio otomano se diluyen en una avasallante occidentalización acelerada desde el fin de la Guerra Fría, de la que la ciudad fue uno de los escenarios de mayor tensión por su cercanía al bloque del Este.
Justamente el relato que Elif Shafak (1971) —criada entre Ankara y diversos países del occidente europeo— elabora en su novela Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo tiene lugar en aquel período turbulento que va desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín: la vida de Tequila Leila, protagonista del libro, tiene esa misma duración. Y no es gratuito, porque quienes en la ficción asesinan a aquella mujer, por el solo hecho de ejercer la prostitución, representan, en últimas, el germen de un influjo nacionalista y conservadurista que hoy en día constituye la base del principal poder político de Turquía.
Abandonado en un contenedor de basura tras su asesinato, el cuerpo inerte de Leila alberga un cerebro que se toma unos minutos en apagarse mientras hace el recuento desordenado de su vida: su infancia en Van, al extremo oriente del país, en el seno de una familia musulmana que le da la espalda luego de un aborto espontáneo, producto de la violación de su tío; su juventud como trabajadora sexual en Estambul; su fugaz matrimonio con un militante de izquierda muerto en la masacre de 1977; y, sobre todo, los hechos que la llevaron a construir su propia familia con otros cuatro seres marginados (una mujer trans, una inmigrante somalí, una mujer con enanismo y un hombre inconforme con el rol tradicional que le impone la sociedad), quienes se encargan de procurar para Leila un sepelio digno, en contra de una ley que la condena al Cementerio de los Solitarios.
Ficha técnica
“Leila, que observaba a las mujeres desde el pasillo, se quedó paralizada un instante buscando en sus movimientos e interacciones indicios del futuro que le aguardaba. Estaba convencida de que cuando fuera mayor sería como ellas. Un niñito agarrado a una pierna, un bebé en brazos, un marido al que obedecer, una casa que había que mantener limpia y ordenada: esa sería su vida.”
[…]
“Es como domar un caballo —dijo una mujer—. Eso hacen con nosotras. Saben que cuando domen nuestra alma no iremos a ninguna parte.”
[…]
“Nunca les había dicho —no de manera explícita— que ellos constituían su red de seguridad. Cada vez que tropezaba o se venía abajo, estaban a su lado para apoyarla o amortiguar el impacto de la caída. En las noches en que un cliente la maltrataba, hallaba las fuerzas para mantenerse en pie sabiendo que sus amigos, con su mera presencia, eran el bálsamo para curarle los rasguños y moretones, y los días en que se regodeaba en la autocompasión, en que el pecho se le desgarraba, la levantaban con delicadeza y le insuflaban vida en los pulmones.”
