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  • Amaneceres en Jenin, 2006

    Susan Abulhawa

    Palestina / Estados Unidos

    ¿Por qué la elección?

    Hija de padres expulsados de Jerusalén durante la Naksa de 1967, la bióloga y activista palestino-estadounidense Susan Abulhawa (1970) vivió su infancia en un constante periplo entre Oriente Medio y Norteamérica. Su inescapable condición de refugiada y su brillante formación académica le llevaron a escribir Amaneceres en Jenin, considerada la novela palestina más importante de la época contemporánea.

    Acudiendo al recurso de la saga familiar, Abulhawa reconstruye la cruenta historia reciente de Palestina a través de la experiencia de cuatro generaciones de una misma familia de refugiados —especialmente de las mujeres, eternas deudas de sus padres, sus hermanos, sus maridos y sus hijos muertos o desaparecidos—. La novela inicia en los tiempos previos a la Nakba de 1948, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial y del mandato británico en aquel territorio, y culmina con la incursión del ejército israelí en el campo de refugiados de Yenín (“Jenin” en las traducciones al español de la novela), en abril de 2002, en respuesta a la Segunda Intifada y como parte de la “Operación Escudo” de Israel.

    El relato alterna la narración en tercera persona con una polifonía de voces de miembros de la familia Abulheja, cuya historia comienza con Yehya, agricultor del pueblo mediterráneo de Ein Hod, quien enviuda antes de ser expulsado y reubicado en Yenín junto a sus dos hijos y sus respectivas familias. Allí nace Amal, nieta de Yehya y eje principal de la novela, cuya inteligencia y buena fortuna le permiten huir de Jerusalén para hacerse una vida como profesional en Estados Unidos. No obstante, sus lazos familiares —así como su identidad como parte de un pueblo que sólo se tiene a sí mismo— la devuelven constantemente a los campos de refugiados palestinos en Cisjordania y Líbano, donde completa los vacíos de su historia familiar y se enamora de un médico militante del FPLP. Fruto de esa relación, sin un padre y lejos de aquellas tierras, nace Sara, con quien Amal realiza su último viaje a Yenín.

    Ficha técnica

    “La guerra nos cambió, a Mama sobre todo. Marchitó a Mama. Desenredó las fibras de su esencia, convirtiendo su cuerpo en un mero caparazón que a menudo se llenaba de alucinaciones. Después de la desaparición de mi hermano y de mi padre, Mama apenas abandonaba su alfombra para la plegaria. No le apetecía la comida y rechazaba incluso las raciones míseras que llegaban en el camión de la beneficencia. El algodón de su bata oscureció con el hedor de un cuerpo que no se lavaba y se le agrió el aliento. Olía a miseria fermentada. Se le resecaron los labios, convertidos en una maraña de grietas y su cuerpo mermó, mientras ella rezaba. Y rezaba. Y mientras su cuerpo perdía masa, yo veía cómo sus ojos estaban cada vez más ausentes, revelando una mente que a partir de entonces perdería lentamente su carga de realidad.”

    [...]

    “Había sido obligado a desnudarse delante de mujeres y de sus estudiantes, a besar los pies de un soldado que amenazó con pegar a un niño si él no se arrodillaba. La mayoría de hombres soportó esta clase de trato. La mayoría se doblegó. Y la mayoría regresó de la humillación con un ánimo violento que dirigió contra sus esposas o hermanas o hijos.”

    [...]

    “Éramos unas amigas que hacían el papel de madres, de hermanas, de maestras, de proveedoras, y hasta de mantas. Lo compartíamos todo, desde la ropa a las penas. Reíamos juntas y grabamos nuestros nombres en las piedras antiguas de Jerusalén. (...) El vínculo que forjamos estaba modelado a partir de un compromiso implícito con nuestra supervivencia colectiva. Se extendía a través de la historia, montando a horcajadas sobre los continentes, abarcaba guerras y contenía nuestras tragedias y triunfos individuales y colectivos.”

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