Poesía, ese muro de contención ante el espanto

Ensayo

por Claudia Cadena Silva

Fotos: Manny Jefferson y Toni Härkönen

Sofi Oksanen y Chimamanda Gnozi Adichie, ambas muy jóvenes –25, 26 años– cuando impactaron el mundo de las letras con la publicación de sus primeras novelas, tienen en común dos aspectos notables: de un lado, la intención expresa y confesa, de ambas, de crear una obra que saque del tapete la versión cruda de la historia de sus respectivos países. Para ambas era crucial mostrar el revés de la historia que se había contado y repetido por años, la historia oficial. La de Estonia, en el caso de Oksanen –la patria de su rama materna–; la de Nigeria, en el de Chimamanda.

“Quería escribir sobre esto, tenía que hacerlo: crecí con la sombra de Biafra, tenía que apropiarme de la historia que me había marcado; debía hacerlo porque en esa guerra perdí a mis dos abuelos, porque en buen grado lo que la ocasionó persiste, porque la historia de mi pueblo me entristece, porque el legado del colonialismo me indigna, porque no quiero perder la memoria.” Es Chimamanda quien habla.

Ambas se rebelan contra la voz autoritaria y unívoca, ambas le dan voz a la versión silenciada de la historia y ambas lo logran –lo paradójico, y aquí el segundo aspecto que comparten– produciendo obras maestras delicadísimas, sutiles, poéticas. Esto es así por el lugar en el que se sitúan para contar: la casa, la historia familiar; y por las voces tan potentes que crean. Desde ahí señalan, nombran y revelan la oculta crudeza de la historia colectiva. Y la literatura se impone sobre la intención que motivó las novelas de ambas.

Kambili, la niña de 15 años que mira y cuenta en silencio en La flor púrpura, se protege de la violencia del padre contando de 1 a 20 (“Pensé que la puerta se habría quedado atascada y que padre estaba tratando de abrirla. Si me concentraba en pensarlo, resultaría ser cierto. Me senté, cerré los ojos y empecé a contar. Al contar se hacía más corto y no tan horrible.”). Aliide Tamm (Purga) se convierte en la mosca que vuela por el cuarto de interrogatorio, en el clavo de la pared, en el ratón que husmea en el rincón. Aliide Tamm es una mosca que sobrevuela y mira el cuerpo de una mujer, su cuerpo que ya no es, tirado en el piso, ultrajado, sucio. Las botas, los soldados, la acaban de violar.

Sofi Oksanen tenía la intención, también, de poner en evidencia los efectos devastadores de los sistemas totalitarios en el ser humano. Para eso está Aliide Truu, presa de su historia, que es sucia y dramática. Una historia, un destino, más bien, que comienza y termina en el miedo del que Aliide Truu se hizo presa desde la primera vez que voló sobre sí misma hecha mosca, hecha ratón, hecha un clavo en la pared.

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