Le temps qui reste, 2005
François Ozon
Francia
¿Por qué la elección?
Entre muchas de las consecuencias que puede provocar, la inminencia de la muerte permite acercarse, así sea fugaz y parcialmente, a la esencia del carácter. Lo que una persona hace con los días que le quedan, lo que hace con los otros y lo que hace con sigo misma en ese momento crucial revelan mucho de la propia esencia. Y es del despliegue de la esencia del carácter de Roman (un soberbio Melvil Poupaud), exitoso fotógrafo de 31 años, diagnosticado con un cáncer terminal, de lo que se trata Le temps qui reste, de François Ozon.
En el cenit de su carrera, Roman se muestra arrogante, frío y distante en sus relaciones afectivas: su novio, sus padres, su hermana y sus sobrinos disfrutan apenas de su cercanía y, después de su diagnóstico, no los volverá a ver. A la única persona a la que parece estar unido –tan unido que es a la única a la que le cuenta que está a punto de morir– es a su abuela. Quizás porque ella comparte con él el hecho de haber vivido una vida fuera de la norma. El único otro gesto de conexión humana que veremos en su despedida del mundo será su aceptación para tener un hijo con una mujer desconocida cuyo marido es infértil.
Pero su singular distancia con los otros es apenas la capa más superficial del despliegue de su carácter, porque lo que hace la enfermedad es volcarlo hacia adentro, llevarlo al recogimiento, a la introspección y a la contemplación callada de la belleza del mundo. Así, sumergido en la memoria, ocupando todos los resquicios de su propia existencia, en un magnífico final fílmico y vital, lo vemos fundirse en la totalidad.
Ficha técnica
