Shinjuku Boys, 1995
Kim Longinotto y Jano Williams
Reino Unido
¿Por qué la elección?
El año es 1995 y el club New Marilyn, en el epicentro nocturno del distrito de Shinjuku, en Tokyo, donde Gaish, Kazuki y Tatsu, tres jóvenes trans, trabajan de anfitriones. Se autoproclaman “onnabe” y engrosan la fila de miembros de una larga tradición de trabajo sexual y entretenimiento nocturno que tiene su origen a finales de la Segunda Guerra Mundial.
Los “Onnabe” representan a todas las formas de masculinidad que se desmarcan del género que se les fue asignado al nacer. Muchos de ellos se identifican como hombres, y muchos otros habitan una experiencia subjetiva mucho más fluida, que escapa las definiciones y los binarismos. Esta categoría, más que a una identidad, refiere a una tradición ocupacional vinculada al trabajo sexual y a la función de anfitrión que se caracteriza por monetizar el capital erótico y el carisma, dándole vida a un arquetipo cultural particular. Los “onnabe” le ponen cuerpo a las fantasías que piden tanto los hombres como las mujeres que buscan sus servicios. Los hay románticos, misteriosos, distantes, caóticos, encantadores, pero todos expresan el ideal de la galantería masculina cotizada y fetichizada por la sociedad.
Para la mayoría, el tipo de relaciones a las que pueden acceder se ve limitada por la presión social del matrimonio, la discriminación y patologización que opera con violencia sobre los cuerpos trans. Los vínculos afectivos que pueden tener con mujeres duran hasta que ellas tienen más o menos treinta años. De allí en adelante la coerción familiar, los pares y la sociedad en general ejercen la presión necesaria para disolver las relaciones. Solo aquellos casos que logran establecer acuerdos considerados poco ortodoxos pueden llevar adelante vínculos afectivos duraderos signados por el cuidado, la solidaridad y el acompañamiento. La expectativa para las masculinidades sigue siendo la del estoicismo y la racionalidad, y para las feminidades, la vulnerabilidad sigue siendo percibida como una debilidad, algo que merece mantenerse oculto, y son las únicas para quienes la volatilidad y la emocionalidad están reservadas.
En Shinjuku Boys, Jano Williams y Kim Longinotto –quien acá como en Divorce Iranian Style muestra su capacidad para observar culturas ajenas– incursionan en el espacio y la sensibilidad de tres miembros de esta comunidad. Al explorar su mundo interno, sus percepciones sobre el género y la identidad, sus vínculos afectivos y laborales, su proceso de transición y su relación con sus cuerpos, sus clientes y su sexualidad, las directoras ofrecen un retrato sensible y acabado de la belleza y la riqueza de la diversidad humana.
Ficha técnica
