
Distancia de rescate, 2014
Samanta Schweblin
Argentina
¿Por qué la elección?
Que los miedos se transforman en visiones terroríficas mediante el sueño y la fiebre; que la intuición de un peligro inminente llega a ser paralizante; que el horror de un desastre ecológico no solo se concreta en el paisaje –a manera de devastación–, sino también en la genética –a manera de deformación–; que la experiencia de la maternidad puede tornarse angustiante, opresiva y terrible cuando se alcanza plena conciencia de las amenazas que acechan sobre los hijos; de todo esto da cuenta Distancia de rescate, la corta y contundente novela debut de la argentina Samanta Schweblin (1978).
Postrada en la sala de emergencias de un pueblo austral, Amanda sostiene un largo diálogo con David, el pequeño hijo de Carla, una lugareña que conoció al llegar allí; un niño siniestro que entierra animales muertos en el patio de su casa, de quien su propia madre vive horrorizada y para la cual es poco más que un monstruo. Ahora David se le aparece a Amanda como una especie de vidente, sentado al borde de su cama, para ayudarla a reconstruir los hechos que la llevaron a ese estado y a la incierta pérdida de su hija Nina, con quien había ido a vacacionar a aquellos campos de inmensos sembradíos de soja, plagados de veneno y poblados por niños deformes y ganado enfermo.
Amanda no sabe dónde está Nina en el momento en que es presa de la fiebre y, por ello mismo, entiende que se va a morir. De otro modo no se explica que la niña no esté cerca, siendo Amanda, como es, una mujer obsesionada por el bienestar de su hija, incapaz de romper a voluntad la “distancia de rescate” que le permite cuidarla todo el tiempo; un espacio tensado por un hilo invisible que las ata una a otra, y que la madre ahora enferma intuye roto para siempre. Así, con un lenguaje preciso y urgente, Schweblin logra una asfixiante metáfora del miedo a la pérdida y al abandono –sobre todo el que las madres sienten con respecto a sus hijos–, así como una potente crítica a la agroindustria y a la amenaza ecológica que comporta.
Ficha técnica
“–Era mío. Ahora ya no.
La miré sin entender.
–Ya no me pertenece.
–Carla, un hijo es para toda la vida.
–No, querida –dice.”
[…]
Tampoco es que yo no supiera quiénes eran mi madre y mi padre. Claro que lo sabía. En el registro familiar figuran sus nombres y llevo sus apellidos, y físicamente nadie podría negar que soy hija de mi padre, pero nunca hasta entonces, el 26 de diciembre de 2020, había utilizado ese sintagma, mi familia, para referirme a ellos.
[…]
“Te llamó «monstruo», y me quedé pensando también en eso. Debe ser muy triste ser lo que sea que seas ahora; y que además tu madre te llame «monstruo».”
[…]
“Duerme en la casa, profundamente, pero yo no puedo dormir, no la primera noche. Antes tengo que saber qué rodea la casa. SI hay perros y si son confiables, si hay zanjas y qué tan profundas son, si hay insectos ponzoñosos, culebras. Necesito ir por delante de cualquier cosa que pudiera ocurrir, pero todo está muy oscuro y no termino de acostumbrarme. Creo que tenía una idea muy distinta de la noche.
¿Por qué las madres hacen eso?
¿Qué cosa?
Lo de ir por delante de lo que podría ocurrir, lo de la distancia de rescate.
Es porque tarde o temprano sucederá algo terrible. Mi abuela se lo hizo saber a mi madre, toda su infancia, mi madre me lo hizo saber a mí, toda mi infancia, y a mí me toca ocuparme de Nina.”
[…]
“Más allá de la soja se ve verde y brillante bajo las nubes oscuras. Pero la tierra que pisan, desde el camino de entrada hasta el riachuelo, está seca y dura.”
