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  • Foto: CSU Archv/Everett/Rex

    La campana de cristal, 1963

    Sylvia Plath

    Estados Unidos

    ¿Por qué la elección?

    A través de su alter ego, Esther, La campana de cristal relata el camino de Sylvia Plath (1932-1963) hacia su desintegración, su viaje interno hacia el abismo de la enfermedad mental. Escogemos ésta, que es su única novela, porque al narrarnos ese viaje, Plath rastrea con exactitud cada uno de los aspectos del patriarcado responsables de hacer de su corta vida un infierno. La presión que existía sobre las mujeres en relación con la maternidad y la familia, el infalible doble estándar que imposibilitaba para ellas lo que estimulaba para ellos, la obligación de optar y, por lo tanto, de desacatar y sacrificar posibilidades de desarrollo individual, la ausencia de control sobre su propia vida, la condescendencia con las obras producidas por mujeres, para mencionar solo algunos. Y, como si todo esto no fuera ya la carga perfecta para la desdicha, como si estar ubicada dentro de la campana de cristal no fuera ya suficiente disciplinamiento, Esther (Sylvia) tuvo que sufrir además, por añadidura, la rígida práctica psiquiátrica destinada a "curar" (y doblegar) el carácter de una mujer fuera del estándar.

    Ficha técnica

    “[…] ... donde quiera que estuviera sentada —en la cubierta de un barco o en la terraza de un café en París o en Bangkok— estaría sentada bajo la misma campana de cristal, agitándome en mi propio aire viciado. […]”

    “[…] Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento. De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ge, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente. Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies. […]”

    “[…] Y yo sabía que a pesar de todas las rosas y besos y cenas en restaurantes que un hombre hacía llover sobre una mujer antes de casarse con ella, lo que secretamente deseaba para cuando la ceremonia de boda terminase era aplastarla bajo sus pies como la alfombra de la señora Willard. ¿Acaso no había contado mi propia madre que, tan pronto como ella y mi padre salieron de Reno para su luna de miel —mi padre había estado casado antes, así que necesitaba divorciarse—, mi padre le dijo: «Uf, qué alivio, ahora podemos dejar de fingir y ser nosotros mismos»? Y desde ese día en adelante mi madre no tuvo un momento de paz. También recordé a Buddy Wollard diciendo en un tono siniestro y malicioso que después de que yo tuviera niños sentiría de una manera diferente, no querría escribir más poemas. Así que empecé a pensar que tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado totalitario privado. […]”

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