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  • Penélope y las doce criadas, 2005

    Margaret Atwood

    Canadá

    ¿Por qué la elección?

    La perspectiva crítica con la que Margaret Atwood (1939) cuestiona el ideal feminista de una sororidad universal, de una hermandad irrestricta entre las mujeres, suele desplegarse en sus relatos mediante situaciones de alta complejidad moral en las que los personajes femeninos se ven irremediablemente enfrentados entre sí, anteponiendo al principio de solidaridad de género los intereses que median las relaciones de poder y las desigualdades sociales. Así ocurre en Penélope y las doce criadas, novela corta en la que la autora da voz al personaje mítico de La Odisea y a otras mujeres que aparecen en el relato épico de Homero para señalar las numerosas omisiones, vacíos y zonas grises que deja incólumes a los héroes masculinos, principalmente a Odiseo, esposo de Penélope, hombre bastante alejado de la virtud.

    Atwood se detiene particularmente en un episodio que se describe de pasada, como un hecho anecdótico, y que no parece merecer ningún desarrollo o explicación, a saber: el momento en que Odiseo, tras regresar a Ítaca y asesinar a los abusivos pretendientes de su esposa, ordena a su hijo Telémaco ahorcar a las doce criadas más hermosas de Penélope, quienes habían sido violadas por los pretendientes. Atwood se pregunta, entonces, cuál fue la causa de esa cruel decisión, y qué papel juega Penélope en ese episodio.

    Así se da marcha a un contrapunteo entre la narración de Penélope, que describe su comportamiento durante los veinte años de ausencia de Odiseo –desmontando el mito de la esposa abnegada y desvalida, y revelándose como una mujer igual de sagaz que su marido–, y el grupo de las criadas que la desmienten con coros (a la manera del teatro griego) acusadores y de distintos géneros, desde lamentos hasta conferencias de antropología. Todas estas mujeres habitan ahora un Hades olvidado por la civilización, un inframundo del siglo XXI que quiere que a Odiseo se le juzgue mejor para no seguir prolongando las desigualdades e iniquidades de la antigüedad.

    Ficha técnica

    “¿Y en qué me convertí cuando ganó terreno la versión oficial? En una leyenda edificante. En un palo con el que pegar a otras mujeres. ¿Por qué no podían ser ellas tan consideradas, tan dignas de confianza, tan sacrificadas como yo? Ésa fue la interpretación que eligieron los rapsodas, los recitadores de historias. «No sigáis mi ejemplo», me gustaría gritaros al oído. ¡Sí, a vosotras! Pero, cuando intento gritar, parezco una lechuza.”

    […]

    “Nosotras éramos crías de animales, de las que uno podía deshacerse a su antojo, vender, ahogar en el pozo, canjear, utilizar, desechar cuando ya no luciéramos.”

    […]

    “… si un hombre se enorgullece de su habilidad para disfrazarse, es una tontería que su esposa le haga saber que lo ha reconocido: siempre es una imprudencia interponerse entre un hombre y el reflejo de su propia inteligencia.”

    […]

    “Se trata de que no se emocionen ustedes demasiado respecto a nosotras, queridas mentes educadas. No tienen que considerarnos ustedes muchachas reales, de carne y hueso, que sufrieron de verdad, que fueron víctimas de una injusticia real. Eso resultaría demasiado turbador. Olviden los detalles sórdidos. Considérennos puro símbolo. No somos más reales que el dinero.”

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