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  • Abrigo, 1996

    Brígida Baltar

    Brasil

    ¿Por qué la elección?

    El hogar, un tema tan recurrente como polisémico. Muchas artistas han representado el espacio doméstico con atmósferas sofocantes, espacios cerrados, atomizados o en escenas estáticas en donde el tiempo parece no transcurrir. La casa ha sido representada como el lugar en el que se relega la existencia femenina, se la priva de la vida pública y donde se realizan tareas de cuidado, tan esenciales como subvaloradas y, mucho menos, remuneradas.

    Brígida Baltar (1959-2022), como tantas otras artistas que a finales del siglo XX exploraron nuevas disciplinas y técnicas pictóricas, subvierte esta concepción y presenta el espacio doméstico como un laboratorio experimental. El espacio interior –estrechamente vinculado con lo femenino– es en su obra sinónimo de intimidad. A través de pequeños gestos poéticos produjo, durante cerca de diez años, un conjunto de obras con su casa como escenario principal: realizó hoyos en las paredes, recolectó la lluvia de las goteras o el polvo de los ladrillos; se fotografió bañándose y recibiendo amigos. Objetos, ropa e incluso la misma arquitectura se erigen en elementos que posibilitan la reflexión más profunda sobre su propia existencia. El recurso a lo íntimo en su obra subraya aquello que no emerge en la vorágine de la vida social y el espacio exterior. La casa es abrigo, es un espacio vital constitutivo.

    A contramano de la premisa capitalista y patriarcal que promueve la disponibilidad incesante del cuerpo femenino, en la obra de Brígida Baltar hay un lugar, la casa, en el que el cuerpo se retira, se reconoce y se protege de las amenazas exteriores, de los incontables servilismos.

    Ficha técnica

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